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 El Pregón de la Semana Santa

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SANEDRIN
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MensajeTema: El Pregón de la Semana Santa   Jue Feb 26, 2015 12:03 am

Opiniones sobre el Pregón y el pregonero de la Semana Santa.
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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Dom Mar 15, 2015 6:51 pm


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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Sáb Mar 21, 2015 7:08 pm

El Correo de Andalucía Televisión emitirá en directo el Pregón de la Semana Santa:

http://elcostal.org/el-correo-tv-ofrecera-en-directo-el-pregon-de-la-semana-santa/

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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Dom Mar 22, 2015 4:34 pm


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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Dom Mar 22, 2015 4:37 pm


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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Dom Mar 22, 2015 4:49 pm


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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Dom Mar 22, 2015 10:31 pm

Cortito y bueno...¡Dos veces bueno!! Wink


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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Sáb Oct 03, 2015 1:43 pm

MisterUr nos anuncia quién será el pregonero de la Semana Santa 2016:


Rafael González-Serna, elegido acaba de ser elegido pregonero de la Semana Santa de 2016....

http://periodistacofrade.blogspot.com.es/2015/10/gonzalez-serna-elegido-sin-sorpresas.html

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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Sáb Oct 03, 2015 1:45 pm


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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Miér Feb 10, 2016 1:12 pm


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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Dom Mar 13, 2016 1:58 pm

Maravilloso canto de amor macareno en su tramo final y en general, un pregón muy a recordar.
Mi enhorabuena.

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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Dom Mar 13, 2016 4:03 pm


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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Dom Mar 13, 2016 4:07 pm


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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Dom Mar 13, 2016 7:21 pm

Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad

¡De llorar!!!....... (pero de llorar YO... porque....¡¡No he podido escucharlo!!) Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad

Saludos.
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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Dom Mar 13, 2016 8:51 pm

MisterUr escribió:
Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad

¡De llorar!!!....... (pero de llorar YO... porque....¡¡No he podido escucharlo!!) Crying or Very sad Crying or Very sad Crying or Very sad

Saludos.

Ohhhh, pues el tramo final hablando de tú a tú con el Sentencia y luego loando a su Madre me ha emocionado tela.

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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Dom Mar 13, 2016 10:51 pm

Me permito copiaros el fragmento (final del Pregón) dedicado a la Esperanza Macarena:

Y AHORA HABLO DE ESPERANZA,
ESA QUE VIVE EN LA CALLE,
LA QUE BUSCAS CUANDO ABRAZAS
UN CLAVO DONDE AGARRARTE
PARA LLENARTE DE VIDA
CUANDO LA VIDA SE PARTE

Y PARA HABLAR DE ESPERANZA
TE VOY A LLEVAR DONDE NACE,

TE VOY A CONTAR UN SECRETO,
UN SUEÑO QUE ENTRE VARALES
DORMIDO SIGUE DESPIERTO
POR MÁS QUE LOS TIEMPOS PASEN.

ESPERANZA,
LA DE TODOS LOS MORTALES,
QUE EN ESTA TIERRA NO HAY NADIE
QUE PUEDA VIVIR SIN ELLA,
QUE DE ELLA PUEDA APARTARSE.

NACEMOS DE LA ESPERANZA
ENCARNADA EN NUESTRAS MADRES
Y DESDE ESE MISMO MOMENTO,
EN ESE PRIMER INSTANTE,

LOS OJOS DE LA ESPERANZA
SON LOS PRIMEROS EN MIRARTE
Y YA DE TI NO SE APARTAN
POR MÁS QUE LOS TIEMPOS PASEN,

EN ESTE SUEÑO DE VIDA
¿SABES LO MÁS IMPORTANTE?

AGRADECER LO VIVIDO,
DISFRUTAR DE CADA INSTANTE,
COMPARTIR COMO UN BUEN HIJO
LOS DONES QUE ELLA REPARTE,

ALIVIAR AL AFLIGIDO,
ENSEÑAR AL IGNORANTE,
DEFENDER AL DESVALIDO
CURARLO PARA QUE SANE,

RESCATARLO DEL OLVIDO,
DECIRLE QUE NO SE APARTE
DEL AMOR DE SU MIRADA
POR MÁS QUE LOS TIEMPOS PASEN.

SI HAY ALGO EN ESTA VIDA
QUE NOS PROTEJE Y ABRAZA
ES LA MISERICORDIA INFINITA
EN LOS OJOS DE LA ESPERANZA

Y EN ESOS OJOS SIN IGUAL
LLORA POR TI TODA SEVILLA
SOLO DE VERTE LLORAR,

EN ESAS CINCO LÁGRIMAS VA
TODA LA SAL DE LOS MARES,
QUE EN TU CARA SON ALTARES
QUE TE ANIMAN A REZAR,

SON ESTRELLAS ENCENDÍAS,
QUE NO CESAN DE ALUMBRAR
Y SE TIÑEN DE VERDADES
EN UN JUEGO DE ALAMARES,
QUE NO DEJAN DE BRILLAR.

CINCO LÁGRIMAS DE ENCAJES,
QUE NO HAY PAÑUELO QUE EMPAPEN
SIN QUE SE PONGA A LLORAR,
PORQUE LA SEDA MÁS PURA,
NO VA A ROZAR TU HERMOSURA
PARA PODERLAS SECAR.

CINCO LAGRIMAS QUE SALEN
PARA REGAR ESAS CALLES,
DE ESPERANZA Y DE VERDAD
QUE SIN LLEGAR HASTA EL TALLE,
SABE SEVILLA QUE VALEN
UN LLANTO DE ETERNIDAD.

CINCO LÁGRIMAS DE SOLES,
CINCO PÉTALOS DE FLORES,
CINCO ESPEJOS DE CRISTAL,
QUE EN TUS PERFILES DE AMORES,
SON VENTANAS Y BALCONES
ABIERTOS DE PAR EN PAR.

---------

SI TÚ NO ERES OBRA HUMANA
¿QUIEN TE HIZO REINA Y MADRE?

¿EL ALBA DE LA MAÑANA?
¿EL LUBRICAN DE LA TARDE
CON SU PAZ, SOSIEGO Y CALMA?
¿UN SUSPIRO DE LA NOCHE
QUE QUISO PONERLE BROCHE
A LA BELLEZA DEL ALMA?
¿O EL CREPÚSCULO SINCERO
QUE SE ESCAPA ENTRE LOS VUELOS
DEL AIRE DE MADRUGADA?

¿TE CREARON EN UN SUEÑO?
¿QUIÉN OSÓ QUE TE SOÑABA?

¿FUE LA TERNURA DE UN BESO?
¿LA VERDAD DE UNA MIRADA?
¿UN PÁLPITO DEL CORAZÓN
CON SU PELLIZCO EN EL ALMA?
¿O QUIZÁ EL BRILLO DEL SOL
¿QUIEN DIO TEXTURA A LA ESTAMPA
PRINCIPIO DE LA HERMOSURA
DE TU SUBLIME ESPERANZA?

TUVIERON QUE SER LOS ÁNGELES,
LOS QUE SIEMPRE TE ACOMPAÑAN,
QUE NO EXISTE OTRA RESPUESTA,
ASÍ SE ABRIERON LAS PUERTAS
DEL JARDÍN DE LA ELEGANCIA

Y TODO NACIÓ ESE DÍA,
A LA GIRALDA CAMPANAS,
EL COMPÁS Y LA ARMONÍA
Y PARIO LA MADRUGADA
EL ALBA Y SU AMANECÍA.

AZUL CELESTE A LOS CIELOS,
EL COLOR A LA SONRISA,
ALBERO A LA MAESTRANZA,
A LAS FLORES LA FRAGANCIA
Y EL PARQUE DE MARIALUISA.

BAMBALINAS Y VARALES,
EL ORO EL BRONCE LA PLATA,
EL BLANCO DE LOS COSTALES,
EL MEDIO VUELO A LAS CAPAS,
LAS ROSAS A LOS ROSALES
EL JAZMÍN Y LA ALBAHACA,

AZULEJOS EN LAS CALLES,
LA SAETA A LA GARGANTA
Y NACIÓ JUANITA REINA
CANTÁNDOLE A TU ESPERANZA
Y LAS COPLAS Y LOS ROMANCES
Y EL MARTINETE A LA FRAGUA.

LE NACIÓ LA LUZ AL DÍA,
LA VELETA A LA ESPADAÑA,
EL CANTAR A LOS CANTARES
Y LOS SUSPIROS A ESPAÑA,

¿QUIEN TE HIZO REINA MADRE?
¿QUIEN TE LLENO DE GRACIA?
¿QUE PINCEL CREÓ LOS TRAZOS
SIN PEGAR UN CARPETAZO
CUANDO APARECIÓ TU CARA?

Y CUANDO VIERA TUS OJOS,
ABANICOS POR PESTAÑAS
Y TU ENTRECEJO PERFECTO
Y TUS PERFILES DE NÁCAR.

¿COMO PUDO NI SIQUIERA
AGUANTARTE LA MIRADA?

¿SABRÍA EN ESE MOMENTO
QUE LA IMAGEN QUE TALLABA,
HARÍA TEMBLAR LOS CIMIENTOS,
LAS ENTRETELAS DEL ALMA
Y YA JAMÁS EN EL TIEMPO
HABRÍA QUIEN TE IGUALARA?

¿QUE TENÍA ENTRE SUS MANOS
LO DIVINO, LO GLORIOSO,
LO CELESTIAL Y LO HUMANO?
¿QUE AQUEL SERIA EL ESBOZO
DONDE NACERÍA EL GOZO
DE TODO EL MUNDO CRISTIANO?

¿QUIEN TE HIZO REINA Y MADRE?
Y DESPUÉS QUE TERMINARA.
¿PORQUE ELEGIRÍA ESTA TIERRA
REINO DONDE REINARAS

Y DECIDIÓ QUE SU REINA
MADRE DE DIOS SOBERANA
SE LLAMASE, MACARENA
Y NACIERA SEVILLANA

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Maximoo

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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Vie Mar 18, 2016 1:58 am

Me gustaría incluir aquí, con permiso de su autor, uno muy sentido que encontré: el pregón de la Semana Santa de Triana 2005, a cargo de Miguel Angel Moreno, como lo leyó:

"SALVE TRIANA
Dios te salve Triana, llena eres de Esperanza.
El Señor es contigo Estrella,
bendita eres Salud entre todas la mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre Virgen de la O.
Santa María, Victoria de Dios  ruega por nosotros, Patrocinio, ahora y en la hora de nuestra muerte Amén

PRELUDIO

¿Quién soy yo, Madre, para cantar y contar lo que todos saben y conocen mejor que este orador? Yo, en mi
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humildad, me acerqué a ti para ser uno más de tus hijos. Tú me abriste tu corazón y tus manos me dieron cobijo para acercarme a tu pecho.

Por eso, porque soy el último de los recién llegados, no merezco tal honor. En mi pobre vocabulario me perderé. En mis torpes palabras no encontraré la exacta para decirte lo que tú sabes y ahora expongo públicamente: que te quiero.

Perdonadme, trianeros que me escuchais y que mereceis más que yo este honor. Disculparme en mi enredo, pero es que nunca me había visto en tan alta ocasión, y seguro que no me volveré a ver en otra igual. Perdonadme porque en estas palabras no puedo disimular una emoción que brota desde lo más adentro de mi alma. Hoy estoy ante la gran Triana.

Y es que eres grande porque grandes son tus hijos. Y aunque ellos así no fueran, sólo por ser de ti ya se es eminente. Eres norte y guía. Abrazo y consuelo. Eres alegría en la tristeza y llanto en el regocijo. Eres soberana aquí, pero a la vez tu reino no es este. Eres una pura contradicción en ti misma, y quizás por eso te queremos.

Siempre vigilante. Siempre en el mismo sitio. Cuando nuestro entorno se derrumba, tú estás para asirnos y darnos aliento.
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Aunque antigua, por ti no pasan los años. Aunque contemporánea, en ti se encuentra el sabor de lo primitivo.

Tienes nombre de mujer y como tal eres fértil. Seis letras que silban al aire que respira tu gente. Eres parte del todo, pero sin ti, el todo no sería nada. TRIANA.

TRIANA

Camino por el Altozano y al llegar a la altura de la Capillita del Carmen me santiguo, en un ademán casi mecánico e inconsciente. Me persigno con la humildad  con la que me enseñaron a cumplimentar a la Madre de los navegantes, Virgen del Carmen como mi madre, los trianeros de carta cabal, esos en cuya memoria reside la Biblioteca de Alejandría en versión de arrabal y guarda.
Ejecuto ese gesto como otros trianeros han hecho, hacen y harán, encomendándose a Ella porque el río van a cruzar. Y lo repito al entrar de nuevo en el barrio para darle gracias porque ya volví.

Y como nosotros cruzamos ese gran río de la vida andaluza, el 9 de abril de  830 otros cofrades trianeros se atrevieron a cruzar en la noche, no un puente de hierro, sino de barcas de madera. Y con todo el valor del mundo se lanzaron a glorificar a Dios en el gran templo hispalense, caminando por la calles de esa otra orilla, de Sevilla, de esa ciudad bajo cuyo nombre se cobija el más hermoso de los barrios jamás soñados y recreados en vida.

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75 años han pasado. Y desde entonces, Triana traspasa fronteras y se suma a Sevilla para hacer más esplendorosa nuestra Semana Santa. Porque hasta que esos cofrades valientes de la O se convirtieron en pioneros e hicieron estación de penitencia en ese templo que los locos construyeron, Triana vivía íntimamente su Semana de Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, y por las calles de este milenario barrio desfilaban hermandades hacia esta su particular catedral, Señá Santa Ana.

Por este enjambre de callejuelas que hoy llamamos Vázquez de Leca, Rocío, Pelay Correa o Rodrigo de Triana; sobre sus adoquinados antiguos se ha escrito la historia de nuestra Semana Santa en miles de hojas que el tiempo no ha de borrar, que permanecen firmes en la memoria histórica de Triana y que recordamos y honramos en cada primavera. Una historia que aún hoy seguimos escribiendo, a pesar de los avatares de la vida que a veces nos llevan al ocaso de nuestros sentimientos.

Por aquí han pasado hermandades que ya desaparecieron ante distintas vicisitudes, como la de la Tentación, la Entrada en Jerusalén, el Ecce-Homo, la del Cristo del Socorro, la de Nuestra Señora del Desconsuelo  o la de Pasión y Muerte, hermandad esta de negro trianera que hoy intenta resurgir, volver a ser penitente y que de momento hace el rezo público del vía-crucis con la talla de Cristo obra de un insigne imaginero hijo de este barrio, joven pero genial como es José Antonio Navarro Arteaga. Porque para ser insigne no hay que tener doscientos años,

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basta con saber expresar lo que vive en el interior, esa fuerza que sólo unos privilegiados perciben, y sacarla a la luz exterior en madera, plata, bordado o pintura.

Otras hermandades empezaron a redactar su historia particular en los muros de las capillas, iglesias u hospitales de Triana, pero se fueron a Sevilla en busca de un cobijo seguro, como le ocurrió a la del Cristo de la Sangre y la Virgen de la Encarnación, bella Palomita de Triana hoy en la hermandad de San Benito, o la de las Aguas que hoy habita en el Arenal, barrio hermano de Triana, y la de los Gitanos, que tras mucho peregrinar, tras años de  itinerancia encontró su casa en la antigua iglesia del Valle.

Y por aquí siguen dejando huella evangélica, día a día, seis hermandades que resumen en sí mismas toda la historia y el concepto que de Triana tenemos. Seis maneras de entender qué es una cofradía. Seis referentes de la evolución de un barrio orgulloso de ser como es, que pelea por mantener sus señas de identidad por encima de todo.

Así, la Triana antigua, la clásica, se guarda en un relicario largo como Castilla y sale a la calle la tarde de cada Viernes Santo. Perdiéndose la mirada en el cielo, los ojos nublados por la muerte, el Aljarafe recortado entre sus brazos y el aire, inapreciable, que mece sin querer el inmóvil sudario del Cachorro. Es la Triana de sabor antiguo, de fotos sepias, de mascotas los hombres y pantalones cortos los niños entorno al Nazareno de la O recorriendo una calle Betis con las velas de goletas en la orilla del Arenal. Es la Triana romántica.

La Triana nueva, la que fue expandiéndose poco a poco hacia el Charco de la Pava, tiene un espejo en el que mirarse en la Hermandad de San Gonzalo, claro exponente de la pujanza juvenil de este antiguo arrabal. Pocos años, sí, pero mucho saber cofradiero acumulado en sus hermanos y mucho trianerismo en el andar de la cofradía con más nazarenos del barrio.

La Triana que abre a sus puertas a aquellos que, como yo, no tuvieron la suerte de que el primer aire que respiraran en esta vida fuera el suyo, de ver la luz de su cielo en los primeros pasos de niño, esa Triana que recoge a los que suspiramos por ella, aunque lejos nacimos y a  ella nos venimos para siempre, la encontramos en las manos duras y ensangrentadas del Señor Atado a la Columna y en los ojos caídos y primorosos de la Virgen  de la Victoria.

La Triana de la alegría, la que mira al río que no es linde sino vínculo con Sevilla. Esa Triana de callejas viejas, empedrado antiguo, la Triana que se reúne desde la diáspora cada Jueves y Viernes Santo para volver a recordar aquellas Semana Santas de corrales y geranios.
La Triana que se internacionaliza, sí, la que sale al exterior, esa Triana la conforma y representa la Esperanza.

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Por eso Triana es como es. Por eso este barrio es singular, aunque ya lo singular nos hace ser universal. Por eso la Semana Santa de Triana es distinta, dentro de tanta globalización que ha llegado a afectar hasta a las hermandades, que en muchos casos cada vez se parecen más unas entre otras.

Seis barcos que navegan por un Guadalquivir de pasiones para arribar en Sevilla y conquistarla en su propio corazón; seis veleros que inflan las velas del sentimiento, que nos impulsan a vivir y soñar con Triana, aunque en Triana no estemos; seis ánforas de barro que recogen la esencia del mejor cahíz de tierra; seis amores, seis verdades, seis hermandades, seis Trianas en una sola Triana: San Gonzalo, Cigarreras, la Esperanza, el Cachorro, la O. ¡Y mi Estrella!


ROSA DE LOS VIENTOS

Triana conforma para los trianeros el espacio vital suficiente para que la vida sea hermosa, aunque la dureza de la misma nos lleve a sufrir en ocasiones. Aquí el tiempo no se mide como en otros sitios. Triana posee su propio reloj, el que marcan los segundos, minutos y horas de su sentimiento. El invierno es invierno desde la Candelá de la O, con besamanos de Esperanza. La primavera llega con los primeros cultos de las hermandades, se prolonga hasta que María Auxiliadora, la sentaíta, bendice a sus hijos salesianos y se cierra en la arenas del Cielo, bendita

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Hermandad del Rocío. El verano entra una mañana de domingo de Corpus Chico y se llena de cucañas en la Velá de Señá Santa Ana, junto a la Virgen del Carmen. El otoño aparece bajo un árbol, Divina Pastora de este rebaño trianero, y se luce en Rosarios del barrio León y de Madre de Dios. Ese es el año de Triana, medido en el tiempo de sus hermandades.

En este barrio marcamos los cuatro puntos cardinales de nuestra existencia diaria. Y en cada punto plantamos una cofradía.

Nuestra Rosa de los Vientos que orienta la navegación de la vida no se muestra como en otros sitios. Aquí, Tejares es nuestro Norte, donde nos acoge la Virgen del Patrocinio. El Sur se viene a Los Remedios, con las Cigarreras, que a pesar de los intentos especuladores quieren y deben quedarse entre nosotros cuando la centenaria industria del tabaco nos abandone.

El Este lo delimita el río Guadalquivir y con él, la calle larga de Pureza, bello nombre para la bella reina y señora de la Esperanza, y Castilla, con la O. El Oeste es el Tardón, con la Salud.

Y el centro de esa rosa, el corazón palpitante de esta Triana más viva que nunca, ese eje que mueve en su entorno todo el barrio no es otro que el cruce de calles de San Jacinto y Pagés del Corro, donde los latidos antiguos se hacen presentes en María Santísima de la Estrella, a

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pesar de que muchos de esos golpes del alma dormiten en silencio en las naves de ese gran templo del que todos los trianeros queremos ver salir otra vez una cofradía. Esa iglesia de San Jacinto, que llevó al exilio a las hermandades. Bueno, ella no, sino quienes la regían. Qué ganas hay en Triana de que esas puertas se vuelvan a abrir a una hermandad y que el ficus centenario llore lágrimas de emoción cuando un palio roce los dinteles de la gloria en la tarde de un día de Semana Santa.


LOS AUSENTES

Todos tenemos en nuestro interior un pregón de Semana Santa. Todos tenemos una manera de vivir y de sentir Triana, con nuestras propias vivencias y hermandades. Por eso, también es un poco pretencioso por mi parte osar anunciarles algo que ustedes mismos comprenden más profundamente que yo.

Hoy, en cambio, estamos en esta catedral de Triana para anunciarles que la vida llega en diez días. Sí, la vida entra por las puertas de Triana en la luminosa mañana anhelada de cada Domingo de Ramos, aunque muchos - aquellos que no entienden o no quieren entender- pretendan ver en la Semana Santa sólo un culto a la muerte, trasnochado y arcaico. Qué lejos están de la verdad.
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La Semana Santa habita en el territorio del sentimiento y la pasión. La Semana Santa tiene su fundamento, el que la mantiene en pie a través de los siglos, en la fe, en la esperanza de un mundo mejor, en Dios y en su bendito Hijo, en su Madre Santísima, en la religión cristiana y católica que un pueblo abraza por siempre. Y siempre llega igual, cíclica. Fiel a su cita en el calendario del alma sevillana, que va marcando los días desde que Baltasar arroja el último caramelo.

Pero además, aunque sea igual, la Semana Santa es distinta porque cada año la realidad se conforma entorno a lo que no está, a los contrastes, a esas palpitaciones del corazón que trae a nuestra memoria otras Semanas Santas anteriores, otros momentos, otros amigos, otros familiares, cosas que pasaron y que ya no volverán. Esas ausencias harán que el fervor que hacia nuestras imágenes sentimos se acreciente en cada estación de penitencia.

Cuando nos fijamos en ese tramo y ya no vemos la mirada del amigo; cuando buscamos inútilmente en aquel balcón de Pasaje Bernal Vidal a esa mujer que todos los años, emocionada, lloraba viendo pasar de recogía a su Cristo de las Tres Caídas; cuando en el caminar hacia la Catedral ya no vemos recortada la sombra de nuestros pasos en esta o aquella casa de vecinos, con geranios en los balcones, clavellinas y macetas de mil colores regadas de la gracia trianera, que esperaban a las cofradías de su calle Castilla y que ya no están porque la mísera especulación los ha llevado al desarraigo y la diáspora,

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trasladándose con sus sentimientos al más allá de una ciudad si acaso más inhóspita, menos humana.

Cuando la Estrella vaya al cielo por primera vez nos faltarán las primorosas manos de Antonio Garduño, como nos falta la voz de Ramón Sánchez, la gracia del Boina y  la seriedad senequista de Manolo Bejarano en una amena charla con su primo, el maestro de la talla, Manuel Guzmán Bejarano. Y miraremos al Tardón, la mañana del Lunes Santo, buscando al Pacheco, que ya no llega, que está con Juan Vizcaya igualando en el cielo, ¡ay, ese capataz que nunca cruzó el Puente! No encontraremos por Pureza a Paco Fernández, aunque cada año lo busquemos al lado de Juan Borrero. Y nos quedará el vacío siempre de Ramón Martín Cartaya o de Fernando Morillo y con ellos, tantos y tantos cofrades trianeros que forman las filas de los nazarenos de la gloria.

¿Y nosotros? Ni nosotros mismos nos reconocemos.
Esa presencia de la inocencia, de cuando de la mano de nuestra madre, antifaz levantado, sonrisa feliz y varita, salíamos de nazarenos para dar caramelos a los demás niños, que en ese juego consistía para nosotros salir de nazarenos. Y ya íbamos aprendiendo a su vez la lección que nuestra tierra nos inculca desde la cuna.

¿Dónde estamos nosotros mismos? ¿Adónde se fue esa Semana Santa de la niñez? ¿Por qué es tan cruel el paso de los años? Como dijo Luis Cernuda, hay un momento de nuestra vida en el que el tiempo nos alcanza, y ya todo es pasado.

Es en ese instante cuando llega el momento de la evocación. ¿Qué es la memoria, regocijo interno del tiempo pretérito o depositaria de bellos recuerdos que alimentan el alma de nostalgia y, a veces, hasta de penar? Otras personas, ante estas preguntas casi existencialistas, podrían entrar en un estado de grave depresión y necesitarían de la ayuda de un psicoanalista. El cofrade no. A nosotros nos basta con una papeleta de sitio en nuestras filas de la cofradía.

No, porque el cofrade aunque sufre, no padece, ya  que el recuerdo aviva la fe; el cofrade no, porque gracias a esos recuerdos vividos, a esos amigos o familiares que marcharon al reino de Dios Padre y a su memoria, cuando miramos a los ojos de nuestra imágenes es como si nuestro vínculo sea aún más fuerte y cercano: la ausencia nos une, nunca nos separa.

Por eso, aunque muchos nos quieran vilipendiar, acusarnos de anticuados, de pertenecer a tiempos rancios, que se mofen de nosotros y hasta nos culpen de prosaicos  y repetitivos, demostramos que cada año no es igual y que estamos más vivos y vigentes que nunca. Es imposible que sea igual, porque cada año tú eres distinto, porque cada  año tu entorno es diferente, porque cada estación de penitencia se realiza en disposiciones sentimentales distintas.

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El rito, la calle, los pasos, las cofradías, los olores, el barrio. Siempre lo mismo, sí, y que no cambie. Pero nunca será igual mientras que la Semana Santa, Triana y los trianeros sigamos morando en el territorio del corazón, el sentimiento y la pasión.


PENAS DE TRIANA

El tiempo pasa, la ciudad permanece. Nosotros pasamos víctimas de esa cadencia inapreciable, inasible, que nos lleva a morir desde que nacemos. Todo es mutable y nada permanece igual. Todo, salvo Tú, que después de tres siglos y medio sigues mirando orante, implorante, al cielo de Triana, mi Señor de las Penas.

Hace 350 años un vecino de esta orilla del Guadalquivir, que respondía al nombre Diego Granado y Mosquera, buscaba ese imaginero que plasmara en madera lo que en su fuero interno palpitaba: la imagen sedente de Cristo, que mirando al Padre ruega por todos nosotros.

Y lo encontró en un escultor flamenco, Joseph de Arphe, que con el paso de los siglos sería conocido entre los hermanos de la Estrella como Pepe Arce. Él fue quien modeló y expresó con especial dulzura tu rostro, tus manos implorantes, tu dorso desnudo, esa espalda castigada por nuestras ofensas.

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Tu mirada sostiene el mundo al elevarla a Dios y cuántas veces la buscamos desesperados. En cambio, tu espalda está quebrada por los dolores infligidos. Esa espalda que se encorva ante las penas de tu gente es el reverso de la bondad de tu cara, y muestra las llagas que abrimos día a día en ti.

Tú marcas el camino de Triana a la Semana Santa, Señor de la Penas. Detrás de ti cruzamos esa clepsidra del río, que no es sino el reloj de agua que va marcando nuestra hora en la tierra. Trescientos cincuenta años después sigues sosteniendo el mundo en tu mirada.
Trescientos cincuenta años más tarde tu obra sigue en pie y continúa viva en cada uno de nuestros hermanos.
Trescientos cincuenta años de vida no es nada, a pesar de lo perecedero que lo es todo.

Porque tu nombre tiene connotaciones de dolor, te arropamos con oraciones de amor. Porque tus ojos buscan el infinito, tu barrio tiñe el cielo de azul. Porque tus manos se agarran en la desesperación, tus hermanos se aferran a ellas para encontrar su rumbo y destino. Porque tu espalda sangra y se dobla, la Estrella sirve de consuelo y bálsamo de tus heridas. Porque te cansas y buscas asiento, Triana pone un monte de claveles, como una madre y aquí sigues con nosotros, Jesús de la Penas, 350 años después, por los siglos de los siglos.

VENIRSE A TRIANA

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Triana es un barrio singular, milenario y con una mismidad muy acentuada que lo hace atractivo a los ojos ajenos, y no digamos a los propios. Los trianeros no se quieren ir de su barrio y los que se van se llevan el penar de esa espina clavada en su corazón. Lo vemos en las hermandades que marcharon. Todas añoran Triana, aunque ya no están y difícilmente volverían.

Así, damos una vuelta por el barrio y encontramos azulejos conmemorativos, recordando la fundación de los Gitanos en el antiguo Espíritu Santo, en una cerámica colocada en el actual colegio Cristo Rey, en la calle Miguel de Cuadra. Otro, en plena Pagés del Corro, a la altura del que fuera Hospital de la Sangre, justo al lado del convento de las Mínimas, nos evoca que allí habitó la Virgen de la Encarnación de San Benito. Las Aguas celebró su 250 aniversario fundacional bajo este mismo techo y de nuevo volvió a sentirse trianera la tarde de un domingo de Cuaresma en marzo.

Como ven, los trianeros de cuna que se van obligados no olvidan su nacimiento ni origen. En cambio, Triana es anhelada por muchos, deseada por aquellos que nacimos lejos pero nos sentimos tan cerca de su espíritu.

Unos vinimos con el consentimiento y las ganas dispuestas. Otros lo hicieron por las circunstancias de la vida, pero al fin y al cabo, con el paso de los años, Triana es su casa.



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Las Cigarreras llegó a la Triana de Los Remedios, cercana a ese Puerto Camaronero tan cantado. Una hermandad de centro de toda la vida que viaja por la ciudad allá donde la Fábrica de Tabacos. Años han pasado y su asentamiento en el barrio es pleno, tanto que por fin ya presiden la corporación los primeros hermanos mayores nacidos al calor del Guadalquivir, junto a un río en el que también han forjado el mejor sonido de cornetas y tambores que Sevilla escucha, banda rompedora, distinta, armónica y creadora de un propio estilo sevillano, ¿o no amigo Bienve?

En esa zona de arquitectura moderna, la Virgen de la Victoria y el Señor Atado a la Columna son los gallardetes de la Sevilla barroca, metidos de lleno en la Triana reciente.

Ahora, la amenaza de una nueva partida se cierne sobre la cofradía. La Fábrica se va, pero las Cigarreras se quedan. Como se quedó por siempre en nuestro interior esa Carmen que Távora y la Banda de las Tres Caídas han paseado por el mundo. Esa Carmen Cigarrera que se enfrentó a la injusticia, que se reveló ante la opresión.
Atados a la Columna se sienten tus hermanos, que no saben cómo terminará esta historia.

Las manos tensas y crispadas y el rostro ensangrentado de Cristo Atado, contrastan con la blancura y suavidad de la Victoria de la Virgen. Cuánta violencia


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en el misterio, y cuánta ternura en el paso de palio. Sobre la Columna se dobla la espalda de Cristo, soportando el dolor de la redención del hombre. Nosotros mismos somos los que llevamos los flagelos y portamos en nuestras manos la sentencia. Nosotros con nuestras actitudes e inhibiciones.

En la tarde del día del Amor Fraterno, Cristo ofrece a Sevilla su cuerpo para la salvación y las Cigarreras un rostro para el consuelo. Un rostro blanco como la cal de  las casas de Triana, como la blancura de la flor del almendro. Un blanco de paz en la Victoria es tu cara María Santísima. Victoria que enamora. Victoria que no humilla. Victoria en la que no hay vencidos, sólo vencedores en el Amor. Victoria de creyentes. Victoria de los desamparados, de los sufridores, de los desheredados.

Que tu nombre sea siempre sinónimo de paz y confraternidad, Victoria de los hombres.



JUVENTUD

Cuando hablamos de cofradías, la medida del tiempo es muy particular e inexacta si la comparamos con el resto de las cosas. Así, para una persona normal, cumplir cincuenta años es sinónimo de madurez y, a la vez, ha cubierto más de la mitad de su camino en esta vida. En cambio, medio centenar de años es sinónimo de juventud



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en una hermandad, y por delante quedan muchos más de alegría y también momentos de sinsabores, quedan muchos hermanos alrededor de la devoción por sus titulares, muchas salidas penitenciales. Las bodas de oro, para una hermandad es casi nada, y a la vez es mucho.

Jóvenes, muy jóvenes, eran los fundadores de la más joven de Triana en la Triana más nueva. San Gonzalo nace de la ilusión de la juventud, de la pujanza de la misma, de las ganas y la locura de esas edades adolescentes y ese sello perdura.

Pasan los años, envejecen los chavales, pero en la blancura de sus nazarenos se mantiene viva esa lozanía y valentía de la primera edad. En San Gonzalo se conjugan la fuerza juvenil con el saber de la experiencia, ofreciéndonos una armónica cofradía, la de más nazarenos, señal de cómo ha calado su mensaje en este antiguo barrio, a pesar de ser la novicia del mismo.

Valiente como el Soberano Poder de Dios, mostrándose sin tapujos ante la envidia y los manipuladores en la tarde de un Lunes Santo. Caifás nunca podrá entender el resplandor de tu figura y Triana materializa para Sevilla la respuesta del Señor ante el sumo sacerdote judío, "a partir de ahora veréis al Hijo del Hombre situado a la diestra del Poder". Jesús se reconoce como Hijo de Dios y su doble vertiente: humana y divina. De ahí esa valentía de los hermanos de San Gonzalo.

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Valientes como el paso del Soberano Poder cuando rompe el izquierdo por delante y se adentra San Jacinto arriba, o cuando busca Reyes Católicos, la capilla del Baratillo o el retorno a su casa.

Es ahí, en su vuelta, donde el sueño de aquellos chavales de la posguerra se hace realidad y se materializa ante el pueblo de Triana, no en la salida, aunque parezca una contradicción. Al mediodía del Lunes Santo la luz que rebota en la plaza de San Gonzalo baña de blanco los primeros pasos de la cofradía. Una luz que arremete contra nuestros ojos con violencia. Luz del sur. Luz de vida.

Pero en la oscuridad cerrada, adentrada la madrugada, escondiéndose entre los naranjos del barrio León, las figuras silentes sólo iluminadas por cirios son los verdaderos protagonistas de aquellos sueños de  1942 que vienen a su barrio cada noche de Lunes Santo.

Ahí aparecen los Gámiz, Martínez del Real, los Espejil, los Puelles, los Oliver. Por un instante los vemos. Volvemos a mirar, pero no están ya. Allí se personifica lo que ellos vieron, allí San Gonzalo se entrega a su barrio, a su gente y les devuelve el cariño que le demuestran diariamente.

Entre esas sombras que juguetean al capricho de la llama de los pabilos nos encontramos también con Lafarque y Ortega Bru, escondidos en la penumbra, soñando con su amada para darle vida.

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La medida del tiempo también es subjetiva en el mundo cofradiero. Y si para una hermandad cincuenta años es casi el principio, cinco décadas es toda una efeméride si la referimos a casos concretos y particulares.

Y medio siglo ha pasado desde que por vez primera Salud diste a este barrio del Tardón. Saliste entonces con toda la humildad que tu gente tiene, la sencillez de un palio blanco de cajón y la emoción en el alma de los cofrades. Hoy, en tu regreso de noche cerrada cargada de estrellas, tras le explosión jubilosa de tu Soberano Hijo, Tú te aproximas casi sin querer molestar, sencilla y hermosa, aromada de incienso y por una primavera incipiente. Eres la Madre perfecta, siempre cerca del Hijo, pero en la distancia justa. Siempre atenta.

Salus Infirmorum. Salud de los Enfermos, pero no sólo salud del cuerpo, sino de espíritu necesitamos. Ahora que nuestro mundo se llena de odio al prójimo desconocido, que nuestros corazones enferman de rencor. En esta tierra, paraíso terrenal que Dios nos puso en nuestras manos, que estamos degradando y corrompiendo con nuestros excesos, Salud es lo que pido Madre.

Salud del enfermo, y del honesto también. Salud de tristeza, Salud de gozo. Salud en el Tardón, Salud de San Gonzalo.
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MADRE

Triana es un barrio de raigambre costalera. Apellidos ilustres jalonan el mundo del martillo y el costal.
Capataces como El Tarila, Manolo Bejarano, los Ariza - saga incombustible de capataces que han creado estilo-, o los Borrero. Y ahora, la continuidad con Ismael, Pepe Luna, Manolo Vizcaya, Manolito Garduño, los Ceballos o Juanma Cantero.

Y costaleros. Grandes hombres de la trabajadora que marcaron y marcan una manera distinta de trabajar los pasos, de andar con ellos. Esas cañas remangás, la ropa ajustá al entrecejo, las camisetas de tirantas, ropa cómoda para un trabajo duro, guste o no, que tampoco vamos sentando cátedra ni lo pretendemos.

Por eso, porque Triana tiene un hueco importante en este mundillo, la patrona está aquí, la Madre de Dios del Rosario, Madre de Costaleros y Capataces.

A mí, desde niño, siempre me ilusionaba ir a ver los ensayos de costaleros. Pero iba más allá, porque el gusanillo me comía por dentro. Los amigos del barrio, con apenas diez años, nos escapábamos de casa para, cruzando toda Sevilla de este a oeste, venirnos a Triana, a sacar la esperancita. No les quiero ni contar las guantás que llovían cuando volvíamos de vuelta, a eso de las diez de la noche - que para nuestra edad era de la madrugada - y mi madre - ¡ay, siempre nuestra madre! - me reñía llena de

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complicidad delante de mi padre, que con cara de juez estaba sentando silencioso en el salón. Y yo, con el miedo en el cuerpo al saber la que me iba a caer, pero con una ilusión interior enorme por sentirme, a los diez años ya, costalero.

Luego, la madre, como siempre, a nuestro lado. Que cómo tienes el cuello, que hay qué ver lo que haces, que por qué quieres ser costalero. Y uno, que sin saber qué contestar siempre decía: porque sí. No atinaba a pronunciar otra frase.

De eso han pasado ya casi veinticinco años. Hoy, gracias a Dios, mi madre todavía me pregunta las mismas cuestiones. Un día le prometí que cuando la Estrella se coronase lo dejaría. Pero incumplí mi promesa. Hoy, aquí, le digo que ya se acabó, que ya no salgo más.

Pero el costalero es como el torero o el sacerdote, imprime carácter, y se es costalero hasta que uno deja este mundo. Y me siento costalero aunque ya este año no salga. Por eso también hoy ya le puedo contar muchas cosas, darle miles de motivos por los que me siento orgulloso de ser costalero.

Madre, soy costalero porque bajo las trabajaderas todos somos iguales. Abajo no hay distinciones. Codo con codo vamos licenciados y albañiles, empresarios y parados, gente a la que la vida les ha sonreído y otros que sonríen cuando están con sus amigos costaleros.

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Madre, soy costalero porque no hay nada más bonito que confiar en los demás, saber que no te van a fallar.
Porque tu capataz es tu lazarillo y tus ojos. Porque tu compañero de al lado no te va dejar tirado, como ocurre en tantas y tantas cosas de la vida. Porque fuera del faldón la sociedad es más injusta. La trabajadera nos iguala y nos une.

Madre, soy costalero porque soportando el peso de la trabajadera sobre mis espaldas aprendo a sufrir, a apretar los dientes y a pelear. Porque es una lección de la vida que se desarrolla durante ocho horas en una tarde-noche de primavera y todo el año con la gente de la cuadrilla.

Madre, soy costalero porque esa es mi segunda familia. Ensayos, mudás, sacar pasos. Pero no sólo eso, son doce meses en los que la mayoría estamos unidos para lo bueno y para lo malo. En los que nos vemos para bodas, bautizos, comuniones y, por desgracia, también cuando falta el ser querido de alguno de nosotros.

Y madre, soy costalero porque qué mejor manera de decirte que te quiero que llevando a la Madre de Dios y a su bendito Hijo sobre mí. Porque en todo el camino, cuando más duelen las piernas y el corazón más rápido late, madre, en ese instante en el que incluso las fuerzas ya flaquean y te pesa hasta el alma, la voz de mi capataz nos llama y nos recuerda que esta levantá, ésa, madre, la que vamos a dar pa entrar otra vez en Triana con Ella va por

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todas ustedes, por las que nos cuidan todo el año, las que con mimo planchan la faja y el costal, las que se preocupan por nuestras heridas y sufrimientos. Las que siempre estarán vigilando que no les pase nada a sus hijos, aunque éstos estén lejos y a veces seamos hasta injustos con ustedes. Esa levantá, madre, va por ustedes.

Por eso, esta chicotá del pregón va por ellas. Como avisa el capataz: esta levantá va por vuestras madres.
Nunca os olvidéis que ellas son las que hicieron posible que estemos hoy aquí. Así que, si estáis puestos, tos por iguá valientes y al cielo con ellas.


JESÚS NAZARENO

Triana es clásica, añeja. El trasiego de la gran urbe se detiene ante la reja de un antiguo corral, cada vez menos, aunque por fortuna, varios quedan gracias al amor que por este barrio y su gente demuestran quienes aquí han vivido y ponen de su parte para recuperar lo perdido y mantener la memoria del presente. Son estuches que guardan esa joya de vecindad que en tantos sitios se ha perdido y que tanta sociabilidad daban a los vecinos. Eran grandes familias.

Así se siente uno cuando traspasa el umbral de la antigua puerta de dinteles de mármol de la O. Entramos en el clasicismo puro. El bullicio queda lejos y amortiguado tras los esterones de cuero. El frío húmedo entre columnas

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marmóreas rojas, nos traslada a otras épocas, otros momentos vividos. En pleno siglo XXI, Triana guarda estos tesoros del pasado que perviven hasta nuestros días.

Es la O esa cofradía que todos llevamos en nuestro interior y que mantiene las medidas exactas. Sí, porque aunque nos congratulemos de ver crecer en número de hermanos y de nazarenos nuestras corporaciones, disfrutamos cuando podemos contemplar una cofradía de rancio sabor morado como esta de la O, con el justo número de penitentes, ni más ni menos, a la que percibimos como una gran familia en la que todos se conocen y saben dónde están.

Y todos sabemos dónde encontrarla. La vemos cada día en su iglesia que es parroquia, y cada Viernes Santo subiendo el puente con un sol que perfila los tejados de la vega de Triana. Allí se recorta a contraluz la silueta de madera, carey y plata del Señor Nazareno. Ahora es el astro rey, como hace  75 años fue la misteriosa luna de Parasceve la que iluminó entre sombras a los valientes hermanos de la O para cruzar, en la Madrugada mágica, el mítico puente de barcas y plantarse en Sevilla.

Ellos abrieron ese camino que ahora todos recorremos. Por eso, por el puente heredero de Triana ha de ir y volver la primera de las trianeras que llegaron a la Catedral a proclamar la Fe de un pueblo en Cristo y María. Y por ese puente de ojos penetrantes volverá la O este año

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hacia su casa, recorriendo el barrio del Arenal que no es sino espejo de Triana en Sevilla.

Nazareno de la O que caminas por el Altozano, San Jorge, Callao y Castilla, tambaleante tras el agotamiento de nuestro pecados recorriendo las calles del Viernes Tarde sevillano. Tú no caes, mi Nazareno, nunca caes porque Tú eres ejemplo de fortaleza, fuente de vida y dulzura. El peso de la cruz te vence, pero al mirarnos en tu rostro la suavidad de sus líneas nos reconforta y alivia. Tú eres en sí una metáfora de la vida.

La cruz lastra nuestro caminar y la arrastramos hasta que morimos, pero se hace liviana al creer en ti. Tus manos, como el día a día, parecen apretar, pero en el fondo, acarician y nos ayudan a empujar aún más en el difícil devenir. Tus pasos aunque parezcan indecisos, son firmes en realidad. Y con valor cruzamos el río tempestuoso vital sobre un puente inestable que nos mantiene unidos a la tierra. Como tú hiciste aquella noche de abril de  830. Como hacemos todos los días.

Jesús Nazareno de la O coronas día a día a tus vecinos, representas la confianza del humilde, la de la gente sencilla, la del padre de familia, la de la madre trabajadora, la del niño que juega a ser mayor, la de la Triana de ahora, la de ayer, la de mañana y la de siempre.

PURIFICACIÓN

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En las ausencias trianeras, dos hermandades sufrieron el dolor de la pérdida de su ser más querido. Dos hermandades que vieron a su Madre sacrificada en el fuego, más puro que nunca, y que a pesar del dolor causado, más fuerte fue el vínculo con ellas.

La barbarie y la esquizofrenia entraron en el corazón de tu casa. Los ojos desorbitados y las mentes manipuladas y ciegas te llevaron a la profanación de tu celestial forma. Como tu Hijo en la cruz, seguro que en voz baja le pedías al Todopoderoso que perdonara a los que te fusilaban, los que intentaban desmembrarte, los que incendiaron tu morada para borrarte de la memoria.

Mas, eso es imposible. Y renaciste en la manos de Lastrucci, y tu mirada se clavó, de frente, mirando a todos, anunciando tu presencia, escudriñando entre tu gente, para darles la felicidad de tu regreso. Te quisieron ver quemada y destrozada, Virgen de la O, pero ahora te verán coronada.

Pasados los años, otro fuego estremeció Triana. Al final de Castilla, las llamas inconscientes se acercaron a la entonces capilla y tú estabas a los pies de Él, del fruto divino de tu vientre. Y te inmolaste por Él, como la madre que eres, diste tu vida por la de Él. Cristo se sacrificó por nosotros, y tú, Virgen del Patrocinio, lo hiciste por Él y por Triana.

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Pero no podíamos estar sin ti, y también volviste a la vida. Joven como te fuiste, renaciste de esas cenizas cual Fénix, y volviste a ser la Señorita de Triana.

Dos mujeres que se perdieron y volvieron a nacer.
Dos señoras de Triana que sufrieron el dolor y que ahora sienten el calor de su gente. Dos imágenes unidas en el Viernes Santo trianero. Una sóla Madre y dos devociones en una misma calle. La O y Patrocinio, coronada y señorita.


LA FE DEL PUEBLO

La mañana del Viernes Santo la calle San Jacinto es un hervidero. Anteriormente ya le habían dado vida la alegría del Domingo de Ramos de la Estrella y la blancura purísima de San Gonzalo. Ahora tenía su continuidad con la Esperanza.

Esa mañana, una vez que las tinieblas tenebrosas de  la noche enigmática han dejado paso a la claridad natural y azulada, Triana se despierta aún con los ojos pegados y el sueño vencido, porque ha estado de duermevela, como la madre que espera la llegada de los hijos tras una noche por la ciudad. Triana, madre celosa, quiere tener ya entre sus brazos a la Esperanza.

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Primero llega Él, caído pero mirando al frente, desafiante el brazo romano ejecutor, plañideras en el llanto del dolor, y Simón de Cirene ayudando. Cristo ha caído por tercera vez y Triana le ofrece un suelo de corazones de hombres bajo sus trabajaderas, para que sus rodillas no sangren.

Como un bajel que enfila su proa hacia el corazón de Triana, abre con paso largo en el izquierdo el Cristo de las Tres Caídas rompiendo el mar de muchedumbre que abarrota San Jacinto. Como una nave que flota al vaivén  de las olas llega ahora sobre lo pies. Como un barco que se queda y arranca hacia el alma de su puerto, lanzan los costaleros esa embarcación de sentimientos desbordados, que con sones trianeros de cornetas y tambores como bocinas marineras anuncian a los vecinos su arribo: ¡Que Triana se despierte, que Cristo ya está de vuelta, que la Esperanza se vuelve a su casa!

Y luego viene Ella, con esa naturalidad que trae al andar. Viene de hacer un recado en Sevilla, y tras navegar entre brumas del Arenal, que son los humos de calentitos que Juana hace desde el cielo, llega más morena al sol de la mañana, la tez curtida, y huele a salina del Guadalquivir.

Ella es Reina y Capitana, y como tal la cortejan. Pero esos honores a Ella no le impresionan. La Esperanza es mujer de barrio, de calle larga de Pureza, de patio con paredes cargadas de flores de la Cerca Hermosa, de

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rebotica de Aurelio, de granizada en casa el Maño y de pasteles de Filella.

Es tan de barrio y popular, que hasta sus vecinos no le dicen Señora, sino que colocan el artículo por delante y como a cualquier otra se la llama la Esperanza, o la Morena. "¡ Qué ojos tienes madre mía!", sale de una garganta de improviso.

Ella es una vecina más, como lo es Dolores en Afán de Ribera y Torreblanca, o Mercedes por el Tiro de Línea, y Refugio en Santo Rey. Y al igual que ellas, la Esperanza busca cada año por lo balcones a sus antiguos vecinos, esos que la esperaban regresar de Sevilla con su puerta abierta de par en par, las abuelas con sus nietos recién levantados, vistiendo su túnica de terciopelo verde con la capa de merino, tan hermoso como un ángel nazarenito.

Ahora ya no las encuentra en esas casas del barrio. Se han ido. Y vuelven cada Viernes Santo mañanero a disfrutar de la Esperanza y de su Triana, esa que vivieron  y que ya no encuentran, pero que aún mantienen en su memoria y con ella disfrutan de su único vínculo: la Esperanza.

Cuánto barrio en esa mañana, cuánta sabiduría popular. Qué alegría esa fe del carbonero, cimentada en la familia, en el respeto a los demás, en ver a Dios y a su bendita Madre como uno más entre nosotros, a los que visitamos el día de su santo, a los que vemos cuando

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estamos mal, o cuándo sabemos que Ellos nos necesitan, porque también quieren sentir nuestro calor cerca. Son esos por los que preguntamos como por cualquier otro vecino.

Es la religiosidad popular, el germen más limpio y puro de la Semana Santa, esa que se sustenta en cada casa, en cada foto guardada de manera íntima en la cartera. Esa es la fe que la Esperanza derrama el Viernes Santo. Esa es la fe a la que la Esperanza nos ancla para el futuro. Esa es la fe que el pueblo tiene depositada en su Virgen de la Esperanza, la que mueve montañas si es preciso. Y no se olviden que si el pueblo cree en Ella, Ella es la que manda.


CUENTO DE UNA NOCHE DE PASIÓN

Las sombras de la noche tomaban la ciudad. En los hogares las luces estaban apagadas, salvo en alguna ventana, y el silencio reinaba con paz y sosiego en cada dormitorio, en cada esquina del viejo barrio. Las calles estaban vacías y húmedas, limpias y baldeadas las aceras, mientras un taxi solitario con la luz verde encendida se perdía en busca del Puente.

No había nadie más. Era ya tarde. Era como un sueño. Esas callejas, que pocas horas después estarán rebosantes de vida, con gentes por todos sitios, eran un desierto frío. En los adoquines resonaban los pasos de nuestro protagonista que rebotaban en las paredes cuando

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andando se marchaba ya por fin a casa, a intentar descansar algo, aunque lo nervios no se lo permitan.

Vive cerca de la hermandad y mañana es el día de la salida. Ha estado ayudando a los priostes, colocando las cajas de cirios en cada tramo, las cruces de penitentes en aquella esquina de la capilla y, desde por la mañana, lleva cortando tallos de los claveles para que Joaquín ponga  bien el exorno y no falte de nada. El día ha sido muy largo y emocionante. La misa terminó, la capilla quedó cerrada  y antes de marchar, en respetuoso y sentido silencio, musitó una plegaria que se elevó hacia los efímeros altares de los pasos.

Todo estaba dispuesto para el día siguiente.

Al llegar a casa, cansado pero satisfecho, nuestro hombre abrió lentamente la puerta del piso, modesto, no muy grande, pero cerca de su hermandad de toda la vida, en su barrio de Triana del que tantos de sus amigos de la juventud se marcharon. Él no. Él consiguió seguir dibujando su vida en las calles sentimentales de su niñez, y con él, su familia.

Intentaba no hacer ruido al entrar en casa. Su hijo, de corta edad, dormía plácidamente en el primer cuarto. No quería desvelarlo.

Su mujer también dormía. Antes de acostarse, le dejó preparada la cena en una bandeja en la cocina. Algún



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filete, frío ya, y postre de leche y torrijas, para reponer fuerzas.

Estaba agotado pero ilusionado a la vez. Al pasar encendió la luz de la entrada para acercarse a la cocina a comer antes de ir a la cama. Pero algo le detuvo. Al iluminar la breve estancia que sirve de entradilla al piso, en el salón contiguo se produjo de repente un reflejo en la oscuridad que le deslumbró y fijó su mirada en esa penumbra.

Se acercó al centro de la sala, iluminada tan sólo con la luz posterior de la entrada que recortaba su figura sombreándola entre los muebles y el suelo. Estaba hipnotizado. Lentamente se paró a contemplar aquello que le había llamado poderosamente la atención. Lo miró un tiempo indefinido, sin que marcaran los segundos o los minutos su reloj. En su mente se abarrotaron recuerdos de la infancia, de aquella primera salida cogido de la mano de su padre. De aquellos caramelos, de aquel sonido de tambores, de lo que picaba el capirote. De lo orgulloso que iba con su varita y de las pocas ganas que tenía de salirse de la fila cuando su madre lo reclamaba para llevarlo de vuelta a casa. Incluso se veía dormido en el carrito camino del hogar antes de que la cofradía se recogiera.

Siguió mirando aquel reclamo luminoso y tierno. Con mimo alzó su mano para tocarlo. No quería estropear la visión y simplemente lo rozaba para que el tacto le provocara todo un escalofrío en la espalda, una sonrisa

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tímida en los labios, un nudo en la garganta y una lágrima emocionada por su mejilla.

Se olvidó de cenar. Se olvidó del cansancio. Se olvidó de todo en la noche de un sábado de pasión, se derrumbó en un sofá y se quedó mirándola preparada, lisa, planchada, esperando la vida de un cuerpo cofrade en su interior. Se quedó absorto y llorando con la primera túnica nazarena de la Estrella de su hijo colgada de la lámpara  del salón.


CACHORRO VIVO

Cuando nos revestimos con la túnica de nuestra hermandad realizamos un rito añejo, cargado de simbolismo. Es un acto íntimo y particular, no exento también de participación familiar. Es más, quién no recuerda las primeras veces que su madre le vestía el hábito nazareno, colocaba la capa sobre los hombros o ajustaba la cola a la cintura del esparto y le pedía que caminara por el pasillo para ver cómo caía.

Eso son restos de nuestra memoria que traemos al presente cuando vemos la túnica planchada y el antifaz y la capa listos para prender en ellos los escudos de la cofradía.

Tradición que se transmite de padres a hijos.

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Así se siente José Manuel cuando se viste de nazareno el mediodía del Viernes Santo. En su casa de Procurador la Semana Santa se vive intensa y trianeramente hablando. Tres túnicas de la Estrella, una del Calvario y otro trío de hábitos del Cachorro, para el padre y los dos hijos, Men y Jesús.

El Cachorro. Para cualquiera que no conozca nuestra propia idiosincrasia, ese título popular lo tomaría como una irreverencia. Pero cierto es que si llamamos a la espectacular efigie que saliera de la gubia de Francisco Antonio Gijón por su nombre de la Expiración, pocos caerían en la cuenta de quién se trata, y pensarían más en la impresionante talla de Marcos Cabrera del Museo, que en la del Patrocinio.

Pero el pueblo es el que da y el que otorga. Y él quiso que Tú fueras Cachorro, Hijo de Dios, el que cierres Triana hacia al Aljarafe, el que nunca muere cuando expiras. En tus brazos abiertos se posan miradas y silencios desde los balcones. En tus ojos se pierde el mundo y se gana la vida. El aire triste del Viernes Santo mece el sudario con violencia, como en la negra tarde del Calvario los vientos arremolinaron Jerusalén.

Te elevas sobre tus ensangrentados pies buscando inspirar ese último soplo de vida. Parece que vas a morir, Cachorro, pero nunca mueres. Y no mueres porque Triana no quiere a Cristo muerto. El que quiera verte muerto, que no te busque por estos lares. Te encontrará así en la

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barbarie y en la sinrazón de la guerra, llena de cristos muertos. El que quiera verte ahogado y sin aire, que no te mire a la cara, que no cruce el puente, porque nosotros sólo vemos en ti el áncora de nuestra ilusión, la fe de nuestros mayores, la confianza en el porvenir.

Aquel que piense que te mueres es que no cree en ti, porque Tú no mueres Cachorro, tu naces en Triana cada primavera, al sol suave de la tarde, Tú vives en la entrada de cada casa en una foto enmarcada y santificas cada rincón. Tú respiras el aire de Triana en cada terraza o pared del arrabal que luce un azulejo con tu perfil mirando al cielo. Tú estás vivo en el Mercado de tu calle, en los puestos de los placeros a los que bendices con tu presencia, en los bares de reuniones de amigos, en las tiendas de mercería, en cualquier rincón de esta bendita orilla del Guadalquivir que no te quiere ver morir, Cachorro, que vive por ti y en ti.


DECLARACIÓN DE AMOR

Ya estamos en la última calle. A lo lejos se divisa la capilla. La oscuridad de San Jacinto se rompe por ese ascua encendida con valiente campanario que los hermanos convirtieron en tu templo divino, cuando fueron invitados a abandonar su casa de casi toda la vida y a la que algún día, no muy lejano, esperamos volver.

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Uno es de donde nace, pero también de donde pace.
Monte - Sión y Candelaria son amores de inocencia, de familia; la Estrella es, para mi, amor de pasión arrebatada. Es el amor de mi vida.

Contigo me encontré casi sin esperarlo. Mi vínculo era prácticamente inexistente, pero como las cosas que ocurren en la vida cuando menos te lo esperas aparece el amor. Nunca sabes cuando llega. En cualquier esquina se cruza y te captura para siempre. Eso me pasó a mí contigo, Estrella.

Te conocía y me gustabas. Tanto, que me parecía imposible acercarme si quiera a ti. En mi adolescencia te seguía, siendo tú toda una Señora. Te veía llegar exultante a la calle Velázquez y perderte en la noche de Miguel de Mañara, por aquel recorrido que te hacía ir al más allá de la Puerta de Jerez, para reencontrarte con Triana al calor de Paco Ramos en Río Grande.

Muchas noches soñaba con llevarte a pasear un Domingo de Ramos, pero era sólo una vaga ilusión. Como el enamorado y no correspondido, eras mi amor platónico. Te tenía cerca, pero lejos a la vez.

Hasta que un día, un buen amigo nos presentó. Me trajo hasta tu casa y Tú me acogiste con el cariño con el que cobijas siempre a tus hijos. Desde ese día, Madre de la Estrella, me quedé a tu lado.

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Estrella, eres como el sol de una mañana de primavera, que cuando cruzas el Puente sientes su calor reconfortante en la cara, que te regocija y te hace sentir feliz porque sí, porque es abril y estamos en Triana.

Tu mirada, triste y blanca, es ternura y amor para tus hijos. En ti no puede haber dolor, a pesar de que Jesús de las Penas espera orando el cumplimiento de su injusta condena. Tú eres el mar en reposo, la calma del atormentado y tu casa, el refugio del náufrago.

Tú eres esa Triana del día a día, cuando las abuelas vienen de la compra y, con el carrito y su nieto, entran a verte en tu capilla, como si de una vecina más se tratara. A verte, a contarte sus penas y sus alegrías, a saber cómo te encuentras y qué piensas hacer. Estás tan cerca en tu pequeño y coqueto altar que pareces que le hablas al oído  a todo aquel que a la capilla llega.

Sólo dos veces faltaste de la vera de los tuyos sin ser Domingo de Ramos. Una, cuando en la época de la guerra te tuvieron que llevar a Sevilla, a esconderte de la locura colectiva de unos y otros. Porque tú habías sido valiente, sí, y republicana también, como consta en el oficio que la junta de gobierno envió al Ayuntamiento de Sevilla en vísperas de la Semana Santa de  932 que dice: la Estrella, como hermandad del pueblo que es, al pueblo se debe, o lo que es lo mismo, al régimen legalmente establecido. Y, Madre, entonces ese no era otro que la República. Pero incluso así tuviste que emigrar más allá del río.

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La otra vez que te ausentaste de Triana te ibas sólo para una semana, tu coronación como reina. Pero tu barrio no quería que te marcharas. Los ángeles, compinchados con los trianeros que en el cielo habitan, se dedicaron a tirar cubos de agua en forma de lluvia toda la mañana de aquel 24 de octubre de  999. Eran como niños jugando, haciendo travesuras, para que te quedaras en tu barrio, con los tuyos. Hasta que, como Madre que eres, dijiste que ya está bien y pusiste orden, que tenías que cumplir con tu deber, que Sevilla también te quería tener aunque fuera sólo por unos días y seguiste tu camino hacia la Historia, cruzaste el Puente y te alojaste en la Catedral a esperar el día de tu gran gloria. Y ni así te faltó un solo día en el que tus vecinos de este arrabal trianero fueran a verte en el gran templo sevillano.

Ese fue, para mí, el día más grande. Allí estabas tú, pero también estábamos todos. Porque ser de ti es ser de una gran familia de amigos, a cual mejor. Junta, capataces, costaleros, hermanos al fin y al cabo.

Y allí me voy con mi corazón y mi mente.

Cuando derrotados llegamos al Altozano en la madrugada del Lunes Santo ya, tu cara refuerza nuestro ánimo. Atrás queda el paseo por Sevilla. Entonces, es el momento de Triana.

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Allí, cuando Pepe llama, los cuerpos rotos por el cansancio se enderezan más, aunque nunca estuvieron doblados. Y comienzas a caminar por esa calle San Jacinto que no es sino camino adoquinado del cielo. Y suena una marcha, y otra, y otra. Y se oye ese quejío de hombres debajo de ti cuando vuelas en una levantá divina, que te lleva a las mismas puertas del Cielo, como todas. Hombres aguantando hasta el final.

En la noche de San Jacinto, eres ese faro que marca el camino que todos debemos seguir. Las miradas sólo se elevan hacia ti. Sólo Tú lo llenas todo, tan bella y recatada que parece darte congoja tantos piropos elevados a tu  trono en silenciosas plegarias, ojos vidriosos y caras de emoción.

Y llegamos a la capilla. Allí estamos todos con una sola etiqueta: hermanos de la Estrella. Ellos con caras de cansancio y satisfacción a la vez. Tú, con la vela baja y el rostro más nacarado que nunca. Las lágrimas surcan tus mejillas de felicidad, tus manos acarician a tus hijos arremolinados en torno al paso y el palio embriaga la estancia de olor a claveles y cera quemada.

Suenan los vivas al Señor de las Penas y a la Virgen de la Estrella, contundente expresión de pasión y cariño, porque somos de barrio y con orgullo nos distinguimos. Y como cada año, en la entrada estarán asomados a las barandillas de los balcones celestiales esos que tanto
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hicieron para legarnos este cofre lleno de amor, de cariño y de espiritualidad.

Allí cofrades tenemos el alma, el corazón y la vida.

Por eso quiero pedir permiso a ese gran poeta sevillano, injustamente olvidado en tantas ocasiones, como fue y es Juan Sierra, para cantarle lo que en mi corazón siento, pero que mi mente no me permite expresar:

¿Quién aromó de nardo tu belleza con la sangre más pura de Triana?
¿Quién doró tu dolor, quién hizo humana esa pálida piel, esa tristeza?

¿Quién al sol de la tarde, fortaleza de nácar vivo, de inocencia llana, en la mejilla niña y luz de grana de tu boca, bordó tanta pureza?

¿Quién por la gloria azul de la corriente enjoyada de amor, tierna Doncella,
es del aire la más serena fuente?

El río, el cielo, el barrio, ¡todo es Ella! Alabastro de gracia reluciente,
Madre Divina, Virgen de la Estrella

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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Lun Sep 26, 2016 2:57 pm


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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Mar Sep 27, 2016 5:51 pm


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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Jue Mar 30, 2017 4:08 pm


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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Jue Mar 30, 2017 6:47 pm

Antes de que se me olvide o se me pase, vengo en desear el mayor de los éxitos al Pregonero. Nunca he hablado con Alberto y, ciertamente, pertenece a una o dos generaciones posteriores a la mía, pero espero que desde su jóven corazón y ordenadas por su pensamiento cofrade, broten de su garganta palabras que nos llenen a todos de un profundo sentimiento, anticipando lo que Sevilla está ya muy cercana a tener en sus calles cumpliendo, una vez más, aquéllo de "por los siglos de los siglos"....

¡¡SUERTE, PREGONERO!!

Saludos.

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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Dom Abr 02, 2017 5:37 pm


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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Dom Abr 02, 2017 5:39 pm


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MensajeTema: Re: El Pregón de la Semana Santa   Dom Sep 17, 2017 2:05 pm


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